Hablar de lo acontecido el pasado viernes frente a Estados Unidos es hacer leña del árbol caído, sin embargo, aquel encuentro generó posiciones encontradas en la fanaticada a tal punto que muchos panameños y panameñas no pudieron ocultar ni disimular su desencanto.

El agresivo neuro marketing que hubo posterior a nuestra victoria en casa contra Trinidad y Tobago revivió el sueño mundialista a niveles inéditos e históricos en la afición panameña, pero que la aparatosa derrota en EE.UU se convirtió en una real pesadilla que nos hizo entender nuestra realidad futbolística.

Hay que reconocer que el desempeño promedio de nuestra selección de fútbol fue «inflado» con el helio mediático en favor de la voracidad mercantilista de los mismos de siempre, que si bien es cierto contribuye onerosa y positivamente a la economía de los medios de comunicación, cervecerías, licoreras, restaurantes, bares y almacenes, tampoco es menos la afectación emocional que repercute nefastamente en la psiquis tanto de niños como adultos por creer ciegamente (con justa razón) en el sueño mundialista.

Me quedo con una frase del técnico nacional Hernán «Bolillo» Gómez cuando recalcó «también me dejé llevar por la alegría después del partido contra Trinidad y Tobago» y ese sentimiento lo pagó con una triste derrota en suelo yankee.

Finalmente, seguimos apoyando a nuestra selección pero no a los vendedores de ilusiones que se aprovechan de la coyuntura para continuar manipulando a las masas en beneficio de sus bolsillos. No todo está perdido y matemáticamente si pierde EE.UU con Trinidad y nosotros ganamos a Costa Rica tenemos opción de clasificar directo a Rusia 2018, pero el escenario más realista es lograr un triunfo que nos permita disputar el repechaje independientemente del resultado que obtenga Honduras porque la diferencia de goles nos favorece.

Mientras tanto seguimos jugando por un sueño… que puede convertirse en realidad.